Los alimentos del futuro


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El autor advierte sobre los cambios que el crecimiento económico de los países genera en los hábitos alimenticios de sus habitantes y asegura que la Argentina cuenta con las mejores condiciones naturales y tecnológicas para consolidarse como un líder en la oferta de alimentos saludables, cuyo consumo se está expadiendo fuerte en todo el planeta.

 

El pasado domingo 10 de octubre, el analista Jorge Castro hacía en este diario un interesante análisis acerca de la modificación progresiva pero constante en los hábitos de consumo de China, cuya consecuencia global significa un incremento del precio de los granos y otros productos agrícolas. Estas transformaciones, surgidas del crecimiento económico de los países, normalmente llevan a cambios en los consumos y a la adopción de nuevos hábitos alimenticios.

 

Cuando la modificación de la dieta japonesa, luego del fin de la guerra, produjo un aumento promedio de 10 centímetros en la altura de su población, el mundo tuvo un aviso de la importancia que estos cambios podrían producir. Sin duda, la nueva canasta alimentaria china (al menos para aquellos que pueden acceder a una mayor variedad) producirá asimismo cambios en la estructura y el potencial de su población.

 

No hace tantos años, la transformación positiva fundamental que permitiera consolidar la revolución de Mao fue eliminar la muerte masiva por inanición y asegurar al menos una escudilla de arroz diaria a los habitantes de ese país.

 

Los países occidentales, a su vez, sin haber atravesado coyunturas similares pero sensibles a los trastornos que produce una alimentación cómoda pero nutritivamente inadecuada, comenzaron una cruzada en favor del consumo de productos orgánicos y, en general, cada vez más naturales.

 

La directa asociación entre alimentación natural y sana y sanidad humana y mayores rendimientos psicofísicos está siendo objeto de estudios cada vez más certeros, que llevan a un proceso selectivo que, seguramente, tendrá su reflejo más o menos cercano en el tiempo, en la adopción de decisiones acerca de la selección de alimentos a producir, su manejo, presentación y consumo.

 

Entendemos que esta tendencia marcada y creciente debe inducir a pensar seriamente en la oportunidad comercial derivada, de modo que la variación de la dieta a nivel global, incorporando mayor cantidad de productos frescos (tanto frutas diversas como hortalizas y verduras de distinto tipo, mayor cantidad de carnes blancas, etc) no sólo compatibiliza con las campañas de salud que advierten acerca de los riesgos propios de la marcada tendencia a una precoz obesidad y permeabilidad a afecciones tales como coronarias, diabetes y otras alentadas por el consumo de comidas chatarra, sino que también representan la apertura de un amplio campo de negocios para países como el nuestro, que cuentan con ventajas competitivas derivadas del desarrollo de nuevas tecnologías, sumadas a las ventajas comparativas de las condiciones climáticas y geográficas.

 

Producir más y mejor, sin duda producirá mayores rendimientos económicos y facilitará la apertura y consolidación de mercados a medida que se consolide la evidencia de que los productos argentinos satisfacen esos requerimientos.

 

Otro aspecto a considerar es el incentivo a variar la composición de la dieta habitual del consumidor argentino, circunstancia que paulatinamente se viene observando (disminución progresiva del consumo individual de productos cárnicos) que debiera estar acompañada de un incremento, no observado masivamente aún, en otros productos sucedáneos que signifiquen un mejoramiento en la composición dietaria, de manera de propender a un equilibrado consumo de hidratos de carbono, proteínas de todo tipo y vitaminas de origen natural.

 

La estrecha relación existente entre alimentación sana y natural, sanidad global y neuronal y capacidad de asimilación de enseñanzas de todo tipo, marcan la diferencia esencial entre retroceso y progreso, entre involución y desarrollo. Asimismo, apuntar a producciones que el mundo requiere hoy y que aumentará su demanda, significa velar por el desarrollo de una producción agropecuaria de vanguardia, rentable, de mayor incorporación de tecnología y asimilación de mano de obra satélite, llevando a consolidar una posición que no solo se alcance con altos volúmenes de producción de commodities, pero sobre cuya comercialización somos simples “tomadores de precios” fijados en las grandes bolsas internacionales, sino también con el reconocimiento de virtudes cualitativas en los diversos productos agropecuarios de este origen.

 

El diseño de programas de aliento a producciones naturales y de incentivo local e instalación de una “marca país” sobre los mismos, puede producir, en el corto plazo, una profunda revolución en el plano económico de los agronegocios y en el plano social y cultural respecto del consumo interno.

 

Una de las consignas claves en el mundo de los negocios es que si un cambio nos sorprende es que no fue previsto y, en consecuencia, es preciso reaccionar. Mientras que el proceso de anticipación y creación y motorización de los cambios es un proceso de acción que significa ganar una delantera y obliga a los competidores a reaccionar, mientras el innovador se consolida en la delantera.

 

Percibida entonces la oportunidad que representa esta tendencia global creciente, es preciso apuntar certeramente a este nicho creciente de mercado dispuesto a pagar más por productos más sanos y nutritivos, amparados por una garantía “de fábrica” como la que representa una “denominación de origen controlada” y la fijación de normas precisas para acceder a la misma.

 

Nunca como en estos tiempos la coyuntura internacional se presenta tan favorable al desarrollo de oportunidades provenientes de las ventajas naturales que goza nuestro país y del grado de innovación tecnológica incorporado a los negocios agropecuarios.

 

¿Dejaremos pasar esta oportunidad?

 

 

Fuente: Clarin